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A Boca lo durmieron, pero también durmió…

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A Boca lo durmieron, pero también durmió...

La paranoia es una psicopatología muy arraigada en el hincha. No hay ningún hecho negativo del fútbol que no se le atribuya a conspiraciones delirantes. Aunque existen excepciones, como lo que ocurrió con el arbitraje y el VAR durante la escena clave de Boca-Atlético Mineiro.

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Después del gol del Pulpo (González), uno de los hechos más legítimos ocurridos en el último siglo en La Boca, el colombiano Ariel Rojas comenzó una comedia arbitral de enredos. Lo único que no falló fue su primera impresión, que le dijo que el gol era gol. Pero a partir de ese acierto natural, del que no había que sospechar nada, los hechos se precipitaron hacia la injusticia y el escándalo.

Mineiro se niega a sacar del medio, y Rojas es convocado por el VAR, un reino de tuertos donde el ciego es rey. A esa altura, la autoridad máxima del partido fue Nacho Fernández. Lo vimos flanqueando a Rojas frente a la pantalla del bochorno, quemándole la cabeza con proverbios de anulación junto a sus compañeros. Faltaban unas butacas tipo IMAX y daba para inaugurar el complejo «Cinema Alberto J. Armando».

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Su buscamos en los archivos, no veremos ningún caso en el que un árbitro del planeta Tierra revise una jugada en compañía de tantas personas. ¿Podría haberse desnaturalizado el procedimiento pero no el resultado? Sí, pero no. Rojas anuló sin miramientos un gol más limpio que costilla de asado recién comida. La espalda de Silva apenas se poyo sobre las puntas de tres dedos de Briasco, lo que no le impidió al defensor del Mineiro realizar el 100% del salto que imaginó y ejecutó.

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La autoridad de Rojas fue inconsistente y fallida: se rectificó para el lado del error. Además, fue arreado por Nacho Fernández, como un empleador exigente a su empleado asustadizo. No vamos a decir que la Conmebol vuelve a favorecer «lo riverplatense» aun sin River, pero la blandura del árbitro, llevado de las narices por los futbolistas, dinamita la confianza en la ley que tenía que impartir sin distracciones ni preferencias. Directamente delegó sus funciones en el capitán visitante.

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¿Y Boca?

¿Qué hizo Boca? Poco. Nada. Quizás no leyó bien el cambio repentino de circunstancias. ¿Tendría que haber «jugado» mejor el partido burocrático que impuso el zorro Nacho Fernández? Tal vez. Si un árbitro libera la zona, es preferible entrar en el nuevo baile sin pruritos. Cuando Vangioni lesionó al Burrito Martínez apenas empezó el partido de ida por la Sudamericana 2014 ante la mirada fofa de Trucco, lo que estaba diciendo el árbitro era: «se puede pegar».

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Entonces, Boca no devolvió los golpes para los que estaba habilitado como su rival, sino que se dedicó a protestar en vano los recibidos. El mensaje del colombiano Rojas, rodeado de camisetas blancas frente al VAR era: «Apúrenme tranquilos, que cobro cualquier cosa». Pero los líderes de Boca respetaron como fanáticos la distancia social, sea por confianza en un fallo que veían imposible de revertir, o por pudor. Evidentemente, se tropieza muchas veces con la misma piedra.

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